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  • Guillermo Mendoza Oviedo

LOS GRANDES PENSADORES DEL MUNDO Y EL CORONAVIRUS COVID-19

Actualizado: abr 3

Ni de Orwell ni de Camus, la crisis del Covid-19 revive al ‘Gran Hermano’ y la vigilancia a los ciudadanos del libro “1984” de George Orwell, así como evocando "La Peste" de Albert Camus. Cuando la ficción literaria entonada cuasi proféticamente alcanza la realidad en la era de la información.


Son tiempos difíciles los que se avecinan para los pueblos del mundo y no solamente por lo que esta Pandemia a causa del virus Covid-19 significará en decesos humanos, sino por los daños colaterales que traerá consigo en materia económica y social. Lo cual representa un tema de fundamental importancia para su anális. Pero en la era de la información las #FakeNews y los medios amarillistas, se siembra el pánico en las masas a través de las redes sociales que dirigen el ánimo colectivo a los confines de escenarios fatalistas y diagnósticos muchas veces carentes de razón o fundamento para el usuario común de internet.


Es partiendo de ahí que pretendo situar este problema en un horizonte mayor, desde el enfoque de la filosofía y el análisis, en la voz de los grandes pensadores contemporáneos.


Para que puedan formarse un criterio propio respecto a este problema de contingencia mundial, el cual impactará tarde o temprano en algún aspecto de la vida de cada uno de nosotros, les dejo un recopilación de lo que han opinado al respecto algunos de los intelectuales de la actualidad como José Mújica, Noam Chomsky, Darío Sztajnszrajber, Slavoj Žižek, Giorgio Agamben, Byung-Chul Han, Jean-Luc Nancy, Judith Butler, Yuval Noah Harari y Michael foucault.



Pepé Mújica, sobre la pandemia


"Es un desafío de la biología para recordarnos que no somos los dueños del mundo":


Pepe Mújica le cuenta a Jordi Évole para La Sexta lo que para el significa esta Pandemia.

"Es un desafío que nos demuestra que la biología existe y que somos parte de la misma. Por lo tanto, no es una guerra de la naturaleza, es la lucha de la vida y la muerte".

Una pandemia que llega así, después de que cada gobierno subestimara al virus: "Creyeron que era una cosa de chinos y ahora es de todos. Por lo menos ahora tenemos algo en común, ¿verdad?".





"Mientras tengas causas para vivir y para luchar, no tienes tiempo para estar desencantado o que te coma la tristeza. Estás como huyendo de la muerte. Al final, la muerte es inevitable. Pero como decía Tirso, cuando pienso que me voy a dormir, estiro la capa y me acuesto a dormir. Vivir, vivir, y luchar por vivir. Afrontar la vida frente a la muerte",


El segundo en esta lista y que no puede faltar es Noam Chomsky quien es considerado como uno de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo. En una entrevista que le hicieron en Il Manifesto acerca de la pandemia y la reacción de los diferentes Estados señaló:


“Los países asiáticos parecen haber logrado contener el contagio, mientras que la Unión Europea actúa con retraso”

El filósofo y politólogo estadounidense desliza tres problemas sustanciales en este escenario: 1) “no tenemos ni idea de cuántos casos hay realmente”; 2) “el asalto neoliberal ha dejado a los hospitales sin preparación”; 3) “esta crisis es el enésimo ejemplo del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental”.

Chomsky rechazó versiones de que el coronavirus se haya propagado intencionalmente con fines políticos, como se ha especulado en diversas partes del mundo. Sin embargo, sostuvo que el colapso de los sistemas de salud ante la crisis se debe a los gobiernos neoliberales de muchos países y culpó al presidente estadunidense Donald Trump de minimizar la situación y arriesgar la salud de millones de personas.


"La situación es muy grave. No hay credibilidad en la afirmación de que el virus se propagó deliberadamente".

La reacción de Estados Unidos ha sido terrible. Era casi imposible incluso hacer pruebas a las personas, así que no tenemos idea de cuántos casos hay realmente.

Añadió: En general, esta crisis es otro ejemplo importante del fracaso del mercado, al igual que lo es la amenaza de una catástrofe medioambiental. El gobierno y las multinacionales farmacéuticas saben desde hace años que existe gran probabilidad de que se produzca una grave pandemia, pero como no es bueno para las ganancias prepararse para ello, no se ha hecho nada.


Chomsky indicó: “El asalto neoliberal ha dejado a los hospitales sin preparación. Un ejemplo son las camas, que han sido suprimidas en nombre de la ‘eficiencia’”.


"Cuidate, quedate en casa" concluyó...


Darío Sztajnszrajber: "Ojalá esta pandemia nos deje algún aprendizaje, pero no soy optimista"



Se trata de tiempos extremos. Para enfrentar la pandemia generada por el Covid-19 las aulas están cerradas y se necesitan diferentes ángulos para dar respuesta a esta situación. Sztajnszrajber tiene una gran experiencia como docente y en los medios de comunicación. Desde hace casi diez años es un referente de la divulgación filosófica y su alcance es cada vez más potente y extendido. Sin embargo, no pierde oportunidad para repensar el funcionamiento de la educación, los medios y los preconceptos que los sobrevuelan y atraviesan.


–¿Cómo se vive y se piensa una pandemia?

–Es un tema que permite reflexionar montones de cosas. En principio, creo que las situaciones límites potencian lo que uno ya es: si sos un tipo choto vas a ser más choto; si sos un tipo copado, vas a ser más copado. Quizás pueda aparecer algún leve cambio, pero considero que son circunstanciales. No soy muy optimista al respecto. Ojalá superemos esta pandemia y nos deje  algún aprendizaje, pero soy pesimista. Creo que ni bien las cosas vuelvan a la "normalidad" la gente, las empresas y los estados se van a comportar igual que antes. No es algo traído de los pelos: lo sostiene la historia de la humanidad. Los grandes cimbronazos no tendieron a fundar cambios de valores profundos Ojalá esta vez sea distinto. Que prenda eso de que solos no nos podemos salvar, que la solución es colectiva. Es claro que necesitamos a los otros. La idea de individuo que conocíamos colapsó. Al menos por ahora. Debemos poder confiar en el otro, nuestra subsistencia depende de eso. Pero después que esto pase lo veo menos factible. No sé. Ojalá superemos esto y no quede sólo como un lindo recuerdo de una vez que la sociedad se puso más o menos de acuerdo.  

–Se decía que las crisis hacen creyentes a los ateos, pero estamos asistiendo a liberales que ahora piden a gritos la presencia del Estado. ¿Son milagros inesperados o espejismos?

–Hay ciertos desplazamientos ideológicos y/o existenciales. Es curioso, por momentos gracioso, pero no tanto. Digamos que es una contradicción flagrante para los ultraliberales anárquicos, esos que ni siquiera toleran la existencia del Estado. Pero los liberales más ortodoxos quieren un Estado acotado y específico. Que reprima y que salve a las grandes empresas en casos como estos. En ese sentido no se mueven de su línea histórica, digamos. Los más ricos pretenden que el Estado pague sus no ganancias o sus dificultades circunstanciales, como pasó muchas veces en la historia de la Argentina.

Slavoj Žižek: el fin del capitalismo



El filósofo esloveno enfatiza que difícilmente tenemos acceso al fenómeno real del coronavirus. Nuestras discusiones y acciones al respecto están atravesadas inevitablemente por numerosos aguijones ideológicos: sesgos políticos, paranoia racista, privilegios de clase, inclusive planteamientos new age para los que el virus es una manera a través de la cual la naturaleza busca descansar de nosotros.


El COVID-19 viene a ser, como todo gran suceso, un enorme espejo –un point de capiton en jerga lacaniana– que refleja nuestras más hondas fobias y filias. El primer paso es, entonces, deconstruir nuestra propia postura a nivel individual, reconocer nuestros sesgos políticos y de clase, para luego dirigir esa misma crítica al estado y las corporaciones, las cuales, sin duda, pueden y ya han comenzado a hacer un uso ideológico de la pandemia.

Pero Žižek se atreve a ir más allá. Desde su perspectiva, el coronavirus ha exigido dos cosas que el mundo contemporáneo ya estaba guardando en el baúl de los recuerdos inútiles: la acción colectiva y la administración decidida de un estado soberano fuerte. En esto tiene toda la razón. Pero Žižek da un arriesgado salto interpretativo cuando considera que esto ha puesto en jaque al capitalismo, cuando nada antes parecía lograr tal cosa –él mismo solía decir (citando a Fredric Jameson) que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.


La salida a la crisis actual consistirá en la vuelta a un comunismo refundado, apoyado en la ciencia y la acción colectiva. Como si el comunismo nos dijera: he vuelto, pero no soy el mismo, aprendí de mis errores. Con la velocidad de escritura que lo caracteriza, el esloveno ya publicó un nuevo libro al respecto: Pandemic! Covid-19 Shakes the World. Para Žižek los días del capitalismo globalizado y del populismo nacionalista parecen estar contados.


Pero nada asegura que el mercado no vaya a ajustarse simplemente a la nueva demanda biológica, ni que los estados nacionalistas –con Trump, Bolsonaro o Johnson a la cabeza– no hayan encontrado una nueva razón para reforzar sus fronteras y alimentar fobias racistas. Las conclusiones del esloveno pueden parecer deseables, pero no se ven por ningún lado premisas sólidas, por primera vez en su carrera parece demasiado optimista.


Giorgio Agamben:

la normalización de la excepción


Uno de los primeros en publicar algo al respecto fue Agamben. A inicios de año, cuando solo había casos incipientes de coronavirus en Italia, el filósofo escribió el artículo “La invención de una epidemia”. La tesis central del texto apunta a una reacción desmedida e injustificada por parte de los aparatos gubernamentales, la cual no tenía otro fin que normalizar un estado de excepción. Agamben parte de datos que siguen siendo ciertos meses después: cerca del 80% de los casos no son graves, y tan solo un 4% requiere hospitalización. Pero perdió de vista la escalada estadística y geométrica de esos pequeños números. Hoy, al momento en que esto se escribe, Italia registra más de 7 mil muertos. No importa si es por causas naturales o humanas, 7 mil decesos en unos cuantos meses no es algo para ser ignorado. Seguramente Agamben no escribiría hoy el mismo texto.


Sin embargo, aunque su diagnóstico parece hoy a todas luces erróneo, las premisas tampoco son para despreciarse. La tesis que el autor ha venido trabajando en sus famosos libros consiste en que el poder soberano tiene la facultad de decretar el estado de excepción, una situación en la que muchos, si no es que todos los derechos civiles, como asociación, privacidad y libre tránsito, quedan suspendidos; este concepto no tiene nada de polémico, es un axioma aceptado por casi toda la filosofía política moderna, lo que sí es más atrevido, y esta es la hipótesis central de Agamben, es que dicho estado ha dejado de ser excepcional, y en la actualidad, por medio de la tecnología o con pretextos como el terrorismo, apunta a convertirse en la regla.


En un primer momento Agamben vio en la irrupción del COVID-19 el subterfugio perfecto para que los estados, que ya han desgastado la narrativa del terrorismo, aplicaran un estado de excepción que no fuese impuesto desde arriba, sino necesitado e incluso exigido por los ciudadanos. Hoy sabemos que la respuesta del estado italiano no solo no fue exagerada, sino que faltó contundencia. Pero debemos ser cautelosos, esto no significa que las sospechas de Agamben estén infundadas.


Una ciudadanía crítica e informada deberá permanecer vigilante cuando la contingencia termine, deberá cuidar que no se normalice la excepción, que el Estado no mantenga el control sobre las reuniones y el tránsito de las personas, que el miedo no se prolongue. Hemos visto que sí, la figura del estado de excepción parece tener sentido y relevancia en casos extremos como este, pero la pregunta política fundamental sigue siendo: ¿quién determina la legitimidad del estado de excepción? ¿Con qué criterios? ¿Durante cuánto tiempo? Agamben acertó en las preguntas, no en las respuestas.   


Byung-Chul Han: el panóptico biotecnológico

El análisis del surcoreano tiene una profundidad interesante. Entre otras cosas, Han vuelve al tema del poder soberano: en el cierre de fronteras se da, es verdad, un acto fuerte de soberanía en la línea del estado de excepción. Pero no es más que una exhibición hueca de fuerza, el viejo poder soberano no parece tener mucho efecto frente a la nueva amenaza.


Una vez más, ante los retos de un mundo hiperconectado, se plantea la necesidad de releer o desmantelar el axioma central de la filosofía política moderna, el paradigma de la soberanía. En países asiáticos como su natal Corea, las acciones más efectivas no vinieron de las escandalosas medidas del poder soberano, sino de los algoritmos digitales y el cálculo informático: ¿un atisbo del nuevo poder?


En 1994 Han se doctoró en filosofía con una tesis sobre Heidegger, quien, en una conferencia de 1953, recurrió a unos versos de Hölderlin para tratar de pensar la esencia de la técnica contemporánea: Wo aber Gefahr is, wächst das Rettende auch, donde está el peligro también crece lo que salva. Podríamos invertir estas palabras y sugerir que donde está lo que salva también crece el peligro. Y es que el algoritmo digital que salvó miles de vidas en oriente apunta igualmente a un peligro.


Han observa que en la actualidad las personas en países como China, pero también en lugares relativamente más liberales como Japón, asumen como algo normal el hecho de que toda su vida pueda ser puesta en algoritmos computables: es posible determinar en dónde están, qué rutas emplean diariamente, qué fuentes de información consultan; además una sofisticada red de cámaras puede determinar la temperatura de un individuo, si tiene fiebre de inmediato se enciende una alerta y son notificadas todas las personas que estuvieron cerca del posible contagiado. Todos está en la red, simplemente es cuestión de vincular los datos.


La esfera privada prácticamente ha desaparecido en muchos países asiáticos. A cambio de la disponibilidad informática del individuo –el Estado y los proveedores de internet pueden intercambiar datos de los usuarios prácticamente sin restricciones–, las buenas acciones resultan en una valuación del ciudadano que le permite acceder a mejores créditos y condiciones sociales más favorables en general.


En otras palabras, el panopticon tecnológico que salvó miles de vidas en Oriente exige un alto precio a cambio de sus servicios: el repliegue subordinado del individuo al orden estatal. La conclusión de Han es más bien pesimista, pues tendríamos que optar entre la subsistencia biológica y las libertades individuales. El peligro está en lo que salva: ¿qué pasaría si a los ciudadanos occidentales se les ofreciera el cobijo del poder bio-tecnológico que salvó vidas en China? Quizá en este momento muchos aceptarían la alternativa. ¿La aceptarán cuando la contingencia termine? Quizá una enfermedad peor, la enfermedad de la transparencia digital, está a penas por comenzar.


Para Han, esto conlleva a una nueva definición del soberano: ya no es quien dicta el estado de excepción, sino quien puede integrar y disponer de todos los datos de los ciudadanos. Contra el optimismo de Žižek, el filósofo coreano considera que después de la pandemia se hará más factible que el estado policial de China –cuyo fin vaticina el esloveno– sea importado a occidente.


Jean-Luc Nancy: la excepcionalidad de lo normal

Mucho más parco en su reflexión, para bien y para mal –es decir, sin cometer excesos interpretativos, pero sin ofrecer tampoco nuevas luces frente al problema—, Nancy replicó al italiano que el COVID-19 no es tan normal como él creía; Agamben comparaba el nuevo virus con una gripe, pero en el caso de esta última, dice Nancy, contamos con vacunas para prevenirla y aun así el virus muta constantemente. En otras palabras, el francés subraya que lo imprevisto y excepcional sucede.


En su pequeño texto, intitulado “Excepción viral”, Nancy observa que la normalización de la excepción en la actualidad no es algo tan arbitrario y artificial como podría creer su par italiano. En un mundo hiperconectado como el nuestro una catástrofe local –sea biológica, militar o económica– puede tener rápidamente alcances globales, el COVID-19 viene a restregarnos esta realidad a la cara.


En cierto modo esto nos hace más frágiles, porque ahora todos los peligros dejan de ser peligros parciales y se convierten en auténticas amenazas para la humanidad. Esta es una situación completamente nueva que no estaba contemplada por ninguna teoría política, clásica, moderna ni contemporánea; la figura del poder estatal soberano se aplica sobre territorios más o menos claros, pero este nuevo virus global rebasa por completo las demarcaciones gubernamentales. Es probablemente el primer llamado a una acción mundial conjunta, y eso no es cualquier cosa. Quizá sea necesario, de cara a los retos futuros, replantear o cuestionar el paradigma mismo del estado de excepción y la soberanía.


La académica y filósofa post-estructuralista Judith Butler sobre coronavirus y poder: de Trump a la enfermedad de la desigualdad

Judith Butler* escribe sobre la pandemia de COVID-19 y sus crecientes efectos políticos y sociales en Estados Unidos.


Judith Butler restringe su análisis al escenario norteamericano, en los términos del liberalismo anglosajón que no deja de tener la batuta en las discusiones políticas y económicas de Norteamérica. El surgimiento del COVID-19 fue, precisamente, una coyuntura que pudo poner en entredicho la primacía de tal paradigma, es decir, que el mercado sea quien decida sobre el acceso a la salud.


El criticado intento de Trump por comprar –ya ni siquiera producir, pues el avance científico que había caracterizado a Estados Unidos hoy parece inexistente– la exclusividad de la vacuna para el nuevo virus es muestra de ese viejo modelo: que tengan acceso a la salud los países que pueden pagar por él, y dentro de sus fronteras, solamente los ciudadanos que, a su vez, puedan pagar.


El nuevo virus tendría que haber puesto en entredicho este esquema, pero no fue así. De cara a la postulación del candidato demócrata que contenderá por la presidencia, Bernie Sanders había centrado su campaña en el proyecto de un seguro de salud universal, capaz de garantizar su acceso a todo ciudadano norteamericano, bajo la premisa de que el acceso a los servicios de salud es un derecho humano más; naturalmente, un bien común como ese, debe ser pagado por todos. Pero la mayor parte del electorado demócrata –no se diga el resto del país– aún considera que inaceptable que algunos deban pagar por el bien de todos. La postulación de Sanders luce hoy como algo completamente improbable. Parece claro que en Estados Unidos nada cambiará después del coronavirus.


El afamado historiador Istraelí Yuval Noah Harari .

En una nota publicada por Financial Times, el israelí asegura que “esta tormenta pasará, pero las decisiones que tomemos ahora podrían cambiar nuestras vidas para los años que vienen”. En este juego donde “países enteros sirven como conejillos de indias en experimentos sociales a gran escala”.


La humanidad enfrenta una crisis global de grandes dimensiones y alerta que las decisiones que se tomen moldearán nuestras vidas durante varios años y el riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trascienda la emergencia y habilite a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas. Además, critica severamente al presidente de EEUU, Donald Trump, por tomar decisiones unilaterales, lo que dificulta una acción global no sólo para combatir el virus sino también limitar el daño a la economía mundial. hay dos opciones: “el primero es entre la vigilancia totalitaria y el empoderamiento ciudadano; el segundo, es entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad global”.


Sin embargo, para Harari, “una población bien informada y auto-motivada, usualmente es más poderosa y efectiva que un pueblo ignorante vigilado por la policía”.


Desde el siglo XVIII que Michael Foucault sostiene que la gestión de la vida biológica de la población se convierte en tarea de la política, para encuadrarla y controlarla administrativamente, evaluarla según determinadas normas de salud y analizarla en términos estadísticos. Surge así no solo una biopolítica, también una biohistoria, es decir, la posibilidad de que el ser humano intervenga sobre su propia especie biológica. La formación de una medicina social ha sido uno de los ejes centrales de este proceso.


En este contexto, las formas modernas de la racionalidad política, que, para él –sin que este sea el lugar para explicar las razones– coinciden con el desarrollo del liberalismo y del neoliberalismo, pueden resumirse en una formulación de nacimiento de la biopolítica que, a la luz de las actuales circunstancias, resuena con una tonalidad al mismo tiempo efectiva y agobiante: “Puede decirse, después de todo, que la consigna del liberalismo es: ‘vivir peligrosamente’. ‘Vivir peligrosamente’, esto es, que los individuos se vean siempre en una situación de peligro o, mejor, estén condicionados a experimentar su situación, su vida, su presente, su futuro, como portadores de peligro”.


Foucault llegó a estas conclusiones a partir de la contraposición entre lo que denomina el modelo “lepra” (más cercano al de los campos de concentración) y el modelo “peste” (el de la exclusión fuera de la ciudad y la comunidad). Comporta una descalificación biológica, jurídica, política y frecuentemente moral. En el modelo peste también hay encierro, pero se configura de otro modo: no es la exclusión, sino la inclusión en un espacio urbano reticulado y el control minucioso del espacio de circulación. El paso de uno a otro corresponde, históricamente, al proceso de invención de las tecnologías de poder de la política moderna. Es decir, podría apuntar a que visionaría este fenómeno como un acto de la bio política con fines neoliberales de control de las masas.

Si bien aún falta analizar este tema en materia económica y analizar sus repercusiones a corto y mediano plazo, creo que partir de puntos de vista sólidos y académicamente respaldados por la trayectoria de cada uno de los pensadores aqui citados, puede contribuir a sopesar el impacto negativo que las notas amarillistas estan dejando en las redes sociales y favorecer al criterio propio de cada uno de los lectores.


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